Del carácter comercial que Ayerbe tuvo antaño, como cabeza de una extensa comarca y como punto de unión de la tierra plana con la montaña, da buena prueba la celebración de dos ferias anuales, una, denominada d´os chitanos u de l´ambre, que se desarrollaba desde el 6 al 8 de mayo, y la de San Mateo, que se tenía entre los días 17 al 21 de septiembre.
Andando con el tiempo, ésta última fue la que alcanzó mayores cotas de gran popularidad y fama así como una vida más prolongada. Precedentes medievales Durante el auge económico conocido en el siglo XII Ayerbe ya desputaba como un importante centro comercial abastecedor de esta zona del pre-pirineo: en el espacio urbano comprendido por el lado de los números pares de la calle Nueva o de Rafael Gasset, lados impares de la calle de San Miguel y lo que se denomina popularmente Barrio i medio (Barrio de medio) o calle de Luis Espada, se levantó una población, habitada por comerciantes francos, llegados merced a las garantías jurídico-económicas contempladas en el fuero que le concedió Alfonso I el Batallador entre los años 1118 y 1125.
Otra prueba de esa bonanza económica experimentada por Ayerbe en el siglo XII es la construcción, frente a O Lugaré, del magnífico templo románico que albergó la desaparecida Colegiata de San Pedro, del que queda, como mudo testigo, su espléndida torre-campanario, conocida en la villa como O campanal.
Si así es ésta ¡cómo sería pues el templo! La presencia de estos comerciantes haría posible la celebración (quizá una vez al mes) de una especie de mercado comarcal para intercambiar productos hortofrutícolas y compra-venta de animales con los habitantes de poblaciones vecinas.
Este mercado andando con el tiempo tendría una celebración más amplia, de periodicidad anual, con asistencia de gentes venidas de distintas partes del Alto Aragón.
Claro que esto que comentamos en este párrafo no deja de ser más que una mera hipótesis de trabajo, pues carecemos de la debida información documental que la confirme y avale. Al tener lugar entre finales del siglo XII y principios del XIII las luchas de los albigenses en el sur de Francia, disminuyó la afluencia de francos a tierras aragonesas, con los consabidos estragos que conllevó.
Esto tuvo consecuencias desastrosas en el orden económico y demográfico para Ayerbe; pese a los atractivos de su fuero local, la repercusión más inmediata fue el descenso de habitantes sufrido por la población, que ve cómo los comerciantes la abandonan; las tiendas abiertas por éstos se deterioran y cuando, en septiembre de 1202, el abad de MontAragón, Berenguer, da a censo tres tiendas a Domingo Ferrario le pone de condición que las restaure y tenga bien restauradas. Los siglos siguientes, pese a que Ayerbe iría lentamente recuperando población, en la vertiente económica pasarían con más pena que gloria aunque no así en la político-jurídica, que obviamos por no ser objeto de este trabajo.
Ferias de San Mateo Celebrando Cortes Generales en Monzón, el 29 de junio de 1510, el rey de Aragón Fernando II el Católico, mediante gracia especial, concedió a su secretario don Hugo Jordán de Urríes y Ximénez de Cerdán que la villa de Ayerbe, cabeza de su Baronía, tuviese el privilegio de celebrar dos ferias anuales; una, la celebrada en mayo, anteriormente citada, y la otra, del 8 al 22 de septiembre. En ésta se comerciaba con ganados, ovino, porcino, mular y vacuno, tiendas de trapería y quinquillería, cueros, lino, cáñamo, ajos, cebollas, melones y toda especie de frutas, siendo de mucha concurrencia de toda la montaña de Jaca y Cinco Villas, Galliguera, y Plana de Huesca.
El señor percibía los derechos de cabezage, tiendas, etc. Este derecho en varias ocasiones fue objeto de litigio entre la villa (que lo ponía en tela de juicio) y su señor durante más de un siglo, hasta que por fin la ley de 1811, las Cortes de Cádiz y la ley de 1823 derogaron esos privilegios.
Al abrazar la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión, Ayerbe tuvo además el privilegio, concedido por Felipe IV (V en Castilla), de celebrar mercado los jueves de cada semana, en los que se comerciaba con abadejo, arroz, judías, aceite, alpargatas, especiería, soguería, jabón, etc.
Este mercado se transfirió al sábado y se dedicó casi exclusivamente al ganado porcino; una epidemia lo hizo desaparecer a mitad del siglo XIX.
Dos pues fueron los motivos por los cuales surgieron estas ferias; la necesidad del señor de la villa de recaudar más dinero ante los acuciantes gastos que tenía (cuando se iniciaron se estaba edificando su espléndido palacio en Ayerbe) y el inevitable deseo de establecer cauces para efectuar transacciones comerciales y dar salida a los productos agrícolas y hortofrutícolas que se cultivaban y producían en la zona y que resultaban excedentes; igualmente eran los momentos idóneos (fin de la etapa veraniega) para el abastecimiento de las poblaciones de la montaña de cierta clase de productos que se daban en el llano. Las ferias tuvieron su reglamentación, muy estricta y amplia por cierto (para evitar el fraude o el engaño), e igualmente tenían una serie de ventajas para quienes acudían a ellas, como la seguridad, la rebaja en algunos impuestos, la posibilidad del libre cambio, etc.
Igualmente ofrecían la posibilidad de mayor número y variedad de género a vender y comprar así como la disparidad de procedencias de quienes a ellas acudían.
A partir del siglo XVIII cobraron todavía más auge, si cabe. Desde entonces hasta el día de hoy estas ferias han pasado por tres etapas.
Ayerbe, septiembre de 2007
Chesús Á. Giménez Arbués
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